domingo, 22 de abril de 2012

De terremotos y otras predicciones


Cuando el mercado –como paradigma de acción de nuestra sociedad occidental y lamentablemente de otras tierras de ultramar- está presente en cada respiro de humanidad, en cada verso del poeta y en cada política de gobierno, una sospecha sensata, pero a la vez casi esquizofrénica, es sindicarlo regularmente como causante de todas y cada una de nuestras desgracias.
¿Qué tiene que ver esto con los terremotos?
Trataré de explicar esta alucinación.



Imaginemos un modelo científico de predicción, exacto, perfecto, inexorable que permita establecer, sin temor a equivocarse, el día y hora de un gran sismo, así como también su magnitud y eventuales daños. ¿Seríamos felices? ¿Podríamos respirar aliviados?

¡Claro!, ese día los niños no irían al colegio, mucha gente se ausentaría –con justa razón- de sus trabajos para estar cerca de la familia. Otros dejarían la ciudad en la víspera del remezón. Algunos, no pocos, con la carta de pronósticos en mano, podrían evaluar re establecerse en las ciudades más alejadas de la eventual catástrofe.

¡Qué bien! Es cosa de organizarse y así no lamentaríamos pérdidas humanas. Un país se puede levantar de los escombros y para eso sólo necesita de sus ciudadanos.
Podemos dormir tranquilos entonces. Pero -esa maldita condición de refutación que acecha como un asesino en la oscuridad a cada argumentación relativamente razonable, se hace presente como una  gotera en la noche- ¿Qué pasaría con la actividad económica?

¿No les importa a ustedes?

Eso es irrelevante porque a ellos sí les importa (entiéndase por  ‘ellos’ a esos ciudadanos de primera clase a quienes las fluctuaciones mercantiles mantienen sanos y felices en sus grandes holdings) y de ninguna manera van a permitir que unos malditos movimientos telúricos impidan los generosos flujos de caja. 

Me explico.Si las persones de a pie pudieran anticipar la regularidad e intensidad de sismos de gran magnitud, es evidente que al corto plazo tomarían decisiones fundamentales acerca del establecimiento en ciertas zonas denominadas ‘altamente sísmicas’. Si en su ciudad existe una predisposición al terremoto ¿no sería sensato buscar un lugar con mejores expectativas?

He ahí, el problema. De existir un sistema predictivo serio, necesariamente esto influiría de manera notable en la vida de la población de esos lugares. Sólo con saber que uno de esto días -ejemplo odioso- nuestra ciudad recibiría –con certeza- un terremoto grado 8 o 9, las probabilidades de que la gente abandone en masa la urbe serían muy altas. Más aún. Si supiéramos que en ciertas ciudades la ocurrencia de un terremoto gigantesco estría fechada de antemano, no pocos dudarían en instalarse en lugares más seguros.
¿Y qué pasaría con los servicios? ¿La industria? ¿Todo lo relacionado con la economía?

Evidentemente con menos población, y de paso temerosa, las grandes empresas perderían una enorme cantidad de ‘clientes’. Si pudiéramos advertir con total exactitud los terremotos, esos días serían una ‘pérdida’ para el mercado. Hoy por hoy, los terremotos llegan sin avisar y eso hace que la ciudad no se detenga hasta el momento exacto de la amenaza, luego, con gran celeridad, los planes de reconstrucción son puestos en funcionamiento porque el show debe continuar. La capacidad de reacción es notable y las pérdidas cada vez menos importantes. 


Pero eso es ahora. En el caso de poder predecir terremotos la merma en la actividad económica sería increíblemente superior a la inversión en labores de reconstrucción (porque alguien tiene que hacerlo y cobra por ello) y la pérdida de algunas vidas.



En el delirio máximo, sospecho.

Un sistema predictivo real sólo traería problemas en las economías de las ciudades altamente sísmicas. Obviamente en el largo plazo el sistema se acomodaría a estas certezas y buscaría revitalizar la producción de las ciudades ‘seguras’,  sin embargo, mientras eso sucede, las pérdidas serían cuantiosas y eso,  en una economía como la nuestra, no se puede tolerar.

A las transnacionales y a quienes comulgan con ellas no les conviene que la gente sepa cuándo va a suceder un evento de gran magnitud. El negocio se potencia usufructuando de la destrucción natural para volver a construir. Para qué hablar de la ganancia electoral que tiene un desastre natural en manos de gobiernos efectistas e impopulares. Si hay un terremoto y no hay misericordia que vender, no hay posibilidad de manipular las emociones.

Ergo…

Hay momentos en que saber lo que va a suceder no es negocio.  Este es el momento. Quizás mañana otro gallo cante.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

a continuación expláyese y argumente con cierto grado de lucidez...